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lunes, 2 de mayo de 2011

Invariantes, ¿eternos? (III)


“De que podrás inferir, Andrés, cuán dañoso es el saber, y qué verdad es todo cuanto arriba te llevo dicho acerca de las ventajas que en esta como en otras cosas a los demás hombre llevamos los batuecos, cuánto debe regocijarnos la proposición cierta de que
                       ''En este país no se lee porque no se escribe, y no se escribe porque no se lee.''
que quiere decir en conclusión que aquí ni se lee, ni se escribe; y cuánto tenemos por fin que agradecer al cielo, que por tan raro desusado camino nos guía a nuestro bien y eterno descanso, el cual deseo para todos los habitantes de este incultísimo país de las Batuecas, en que tuvimos la dicha de nacer, donde tenemos la gloria de vivir, y en el cual tendremos la paciencia de morir.”

                                                          M.J. De Larra, El pobrecito hablador. (nº 3), 1883

martes, 19 de abril de 2011

Invariantes, ¿eternos? (II)

     "...los gobiernos sólo son capaces y eficaces en los momentos en que no haya razones fuertes que exijan todo de su eficacia y capacidad."

      "Por bien hacer, mal haber, decían los antiguos, y tenían razón, por lo menos aprovechaban su tiempo para juzgar los hechos entonces nuevos a la luz de los hechos entonces viejos, nuestro error contemporáneo es la persistencia de una actitud escéptica en relación a las lecciones de la antigüedad."


                                                                                         J. Saramago, La balsa de piedra

miércoles, 30 de marzo de 2011

Invariantes ¿eternos? (I)

   "Vivimos en una sociedad sombría. Medrar, tal es la enseñanza que gota a gota cae de la corrupción a plomo sobre vosotros. Dicho sea de paso, el éxito es una cosa fea. Su falso parecido con el mérito engaña a los hombres de tal modo que, para la multitud, el triunfo tiene casi el mismo rostro que la superioridad. El éxito [...] tiene una víctima, a quien engaña, y es la Historia."
                                                              
                                                             Víctor Hugo, Los miserables.  (1862)